Cada día el hombre tiene que enfrentarse a la lucha diaria, un constante cotidiano enfrentamiento con él mismo, con los miembros de su familia, con los compañeros de trabajo, con los transeúntes, con quienes conducen algún tipo de rodado. Solamente llegar a esta gran urbe en la que se ha convertido la ciudad de Córdoba es un verdadero desafío, caminar con las veredas rotas, entre peatones distraídos que, corriendo quien sabe a donde y porque, atropellan a quien se encuentra a su paso. Cruzar las calles por la senda peatonal resulta un peligro latente, ya que ningún conductor respeta las señale
s de tránsito, ni las luces del semáforo y menos las sendas peatonales. Parece que un hombre al volante se ha convertido en un todo poderoso que se lanza a correr por las calles de esta ciudad como si ellas fueran desiertas y no se detiene en su marcha aún cuando el semáforo le da luz roja, acelerando la marcha como si su paso estuviere habilitado permanentemente. Esto se debe a que esta sumido en los problemas que lo superan, porque no respeta las normas y poco le importa el atropellar algún transeúnte y embestir a otro rodado a su paso presuroso. Y a su vez, si ocasiona con su descuidado manejo algún accidente, se violenta, insulta y culpa al otro de su desatino. ¿A que se debe esta situación? ¿Es sólo descuido o se a convertido la ciudad en una jungla, donde reinará la ley de la selva?, no existen las normas para ser respetadas, no existen los
derechos de los demás en la prisa de que cada uno solo cree que tiene la suma de los derechos y ninguna obligación para sus congéneres. A esta diaria situación se suman la falta de controles, la falta de orden y autoridad de parte de aquellos en quienes hemos delegado la responsabilidad de gobernar, ordenando las cuestiones de la vida comunitaria y de sancionar cuando alguien transgrede los códigos de convivencia civilizada. Se ha sembrado en esta cuidad la anarquía, donde cada uno hace lo que se le viene en gana. Hoy, cuatro tipos locos se arrogan el derecho de impedir el paso por las arterias de la ciudad, cortan la calle quemando cubiertas para impedir el paso de vehículos y sembrando el caos con el estruendo de las bombas que tiran, con la policía que, complacida, cuida a los revoltosos y desvía el tránsito, en un claro acto de aprobación de los desmanes que estos realizan a diario en esta ciudad, donde reina el caos y la anarquía. Los agentes del orden sólo contemplan la destrucción de la ciudad y el medio ambiente, al parecer nadie tiene autoridad para proteger la comunidad de bienes de esta sociedad, tales como la paz publica, la convivencia armoniosa, el respeto al prójimo y sobre todo el cumplimiento a las normas que hacen a la seguridad vial dentro del égido urbano, el que guarda el más perfecto desorden y caos. Tener el equilibrio perfecto para sortear un día de la vida cotidiana en esta ciudad es el desafío constante para cada uno de los habitantes de estos tiempos en esta ciudad.-
Autor: Gloria Iraola Poppe.-